La incomodidad como señal
Vivimos en una época donde se nos invita a evitar la incomodidad.
Si algo duele, molesta, inquieta, genera ansiedad....se tapa, se esquiva, se silencia con distracciones, productividad o pensamientos positivos forzados.
¿Te suena?
¿Que estrategias usas tu para evitar sentirla?
La consigna parece clara: sentirse mal es un error que hay que corregir de forma inmediata.
¿Y si la incomodidad no fuera el problema?
La incomodidad no llega por accidente. Llega como una señal. A veces torpe, a veces intensa, pero profundamente honesta. Nos habla de límites cruzados, de necesidades no escuchadas, de decisiones que no están alineadas con lo que somos o sentimos.
El problema no es sentir incomodidad.
La cuestión es que nunca aprendimos a escucharla.
Desde pequeños, muchos aprendimos que estar bien significaba no molestar, no quejarse, no sentir “de más”. Aprendimos a ser buenos, discretos y adaptables. A aguantar. A normalizar sensaciones internas que pedían atención. Con el tiempo, esa adaptación se volvió automática.
Y así, en la edat adulta, la incomodidad aparece… y nos resulta extraña. Una amenaza. Algo difuso a lo que no sabemos como dar sentido. Muchas ocasiones interpretamos esas señales como errores personales: debilidad, exageración, dramatismo, falta de adecuación....
Algunos ejemplos....
La ansiedad leve que surge en ciertos vínculos.
El cansancio que no se va con descanso.
La sensación de vacío incluso cuando “todo está bien”.
El nudo en el pecho antes de decir que sí, cuando en realidad queremos decir que no.
Nada de eso es casual. Son formas que el cuerpo tiene para manifestar que: algo aquí necesita ser mirado. Y cuanto más intentamos ignorar esos avisos, más fuerte tienden a volverse.
La incomodidad es el mensajero.
No siempre trae respuestas claras. A veces solo trae preguntas. Pero incluso eso es valioso, porque nos obliga a frenar, a salir del piloto automático, a revisar patrones que quizá llevan años repitiéndose sin cuestionar. Nos enfrenta a verdades internas que no siempre son cómodas, pero sí necesarias.
—¿Qué necesidad no está siendo atendida?
Muchas veces, la incomodidad aparece justo antes de un cambio. Antes de poner un límite. Antes de soltar una relación. Antes de aceptar que algo ya no encaja. No porque el cambio sea peligroso, sino porque lo desconocido a veces activa alertas internas, incluso cuando es más saludable.
Paradójicamente, cuanto más intentamos vivir sin incomodidad, más lejos quedamos de una vida auténtica. Porque crecer, elegir y vincularnos de forma honesta implica, inevitablemente, atravesar momentos incómodos.
Tal vez el desafío no sea eliminar la incomodidad, sino cambiar la relación que tenemos con ella. Dejar de verla como un error y empezar a verla como una guía. Como una señal que merece ser escuchada.
Y quizá ahí empiece algo distinto: no una vida sin malestar, sino una vida donde el malestar tenga sentido.
Olga Pérez
Psicologa y Terapeuta Gestalt
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